Alfredo Bryce Echenique: cronista de su propio mundo
El escritor peruano, autor de Un mundo para Julius, falleció este martes a los 87 años en Lima. Con él se va una de las voces más originales de la literatura latinoamericana del siglo XX.
Bryce Echenique tomó su mundo —la Lima oligárquica, los años en París, el exilio voluntario, los amores contrariados— y lo transformó en literatura con una mezcla inimitable de humor, melancolía y verdad. Foto: EFE
10 de marzo de 2026 Hora: 14:31
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Hay escritores que cuentan vidas ajenas y hay quienes parecen contar la propia cada vez que se sientan a escribir. Alfredo Bryce Echenique fue de los segundos. Tomó su mundo —la Lima oligárquica, los años en París, el exilio voluntario, los amores contrariados— y lo transformó en literatura con una mezcla inimitable de humor, melancolía y verdad. Este martes falleció en Lima a los 87 años, según informó el diario peruano El Comercio. El escritor había atravesado problemas de salud en las últimas semanas.
Nació el 19 de febrero de 1939 en el seno de una de esas familias limeñas cuya historia se confunde con la del país. Entre sus antepasados figuraba el expresidente José Rufino Echenique, y la casa familiar respiraba ese aire de distinción que en el Perú del siglo XX era tanto privilegio como distancia del mundo. Bryce Echenique creció en ese entorno, lo observó con ojos atentos y, con el tiempo, lo convirtió en materia narrativa.
En el colegio San Pablo de Lima ya mostraba una inclinación hacia las letras que contrastaba con las expectativas familiares. Por imposición de los suyos cursó Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos —donde llegó a fundar un despacho de abogados—, aunque a la vez se licenció en Letras y luego obtuvo el doctorado en la misma disciplina. Era un doble juego que revelaría desde temprano la tensión entre el mundo al que pertenecía y el que quería construir.
En 1964 tomó la decisión que cambiaría su vida. Dejó Lima con destino a París, becado para preparar una tesis sobre el dramaturgo Henry de Montherlant. No volvería a instalarse de manera definitiva en su país hasta décadas más tarde. El exilio, aquel que fue voluntario al principio, luego casi constitutivo de su identidad, se convertiría en uno de los ejes de su obra.

Su primer libro, el volumen de cuentos Huerto cerrado (1968), llegó como una presentación discreta pero sólida. En París, sin embargo, encontró algo más que un paisaje nuevo; encontró la voz que le faltaba: “Realmente el escritor que me ayudó en los años de la redacción de Un mundo para Julius y al final de Huerto cerrado fue Cortázar. Es un escritor que descubrí en París, y la lectura de sus obras me hizo sentir que yo debía escribir sin rendir tributo a nadie, sin maestros de ningún tipo, hispanoamericanos, españoles, franceses (…) En este sentido, Julio Cortázar me dio una gran idea de libertad y una manera de escribir que no había logrado en Huerto cerrado.”
El mundo de Julius, una novela y un espejo
Con esa libertad recién hallada escribió Un mundo para Julius (1970), una de esas novelas que uno no termina de leer; la sigue habitando. Narrada desde la perspectiva de un niño de la élite limeña que observa sin comprender del todo el mundo de los adultos, desmonta con pulso y ternura los mecanismos de la desigualdad social en el Perú. No hay denuncia explícita. Hay una mirada, y eso basta. En 1972 la obra recibió el Premio Nacional de Literatura del Perú.
Lo que siguió fue una producción sostenida y personal, construida con los mismos materiales de siempre —el desarraigo, la memoria, el amor y sus reveses— explorados desde ángulos siempre distintos. La felicidad, já já (1974), Tantas veces Pedro (1977), Todos los cuentos (1979) y la monumental La vida exagerada de Martín Romaña (1981) conformaron una primera fase de madurez en la que el humor y la nostalgia convivían en proporciones exactas.

Vinieron después El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985), Magdalena y otros cuentos (1986), Crónicas personales (1987) y La última mudanza de Felipe Carrillo (1988). En 1990 publicó Dos señoras conversan y en 1993 apareció Permiso para vivir (Antimemorias), un libro autobiográfico en el que reconstruyó con honestidad y gracia los episodios que dieron forma a su existencia y a su escritura.
Los años en España y el regreso a casa
Tras décadas entre París y Lima, Bryce Echenique se instaló en España, donde continuó publicando y participando en la vida cultural e intelectual del país. En 1995 apareció No me esperen en abril y ese mismo año los Cuentos completos. En 1997, Reo de nocturnidad marcó un exitoso retorno a la novela larga; el libro recibió el Premio Nacional de Narrativa de España en 1998, uno de los reconocimientos más relevantes del ámbito literario hispano.
La racha creativa continuó con Guía triste de París y La amigdalitis de Tarzán, ambas de 1999. Tras su publicación decidió dejar España y regresar definitivamente al Perú. En 2002 ganó el Premio Planeta por El huerto de mi amada y diez años después el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara reconoció el conjunto de una trayectoria excepcional.

Su última novela, Dándole pena a la tristeza, apareció en 2012. Para entonces ya había dicho todo lo esencial sobre sí mismo, con la precisión tranquila del que nunca necesitó convencer a nadie: “Escéptico sin ambiciones —y por lo tanto sospechoso de pertenecer a la única especie inocente que queda sobre la tierra—, mi vida ha estado siempre condicionada por mis afectos privados, jamás por tendencia mesiánica alguna.”
Una voz que no se imita
Esa convicción —vivir desde los afectos, sin programa ni mesianismo— es también la clave de su escritura. Bryce Echenique fue un narrador difícil de clasificar y fácil de reconocer: esa prosa oral y cadenciosa que avanzaba como quien conversa sin prisa; esa mezcla de ironía y sentimentalismo que nunca caía en el cinismo ni en la cursilería; esa fidelidad a los perdedores elegantes, a los que no supieron —o no quisieron— encajar. Todo eso constituye un estilo que es también un mundo.

Pertenecía, por origen, a la élite que retrató. La miró desde adentro con la distancia del que sabe que pertenece y al mismo tiempo no encaja; esa tensión fue el motor de toda su escritura. En sus mejores páginas, la Lima de mediados del siglo XX cobra vida con una vivacidad que ya no encontraremos en ningún otro lugar.
Con su muerte, la literatura latinoamericana pierde una voz singular e irrepetible. Y los lectores, un compañero de viaje.
OBRA SELECCIONADA
— Huerto cerrado (cuentos, 1968)
— Un mundo para Julius (novela, 1970) — Premio Nacional de Literatura del Perú, 1972
— La felicidad, já já (cuentos, 1974)
— Tantas veces Pedro (novela, 1977)
— Todos los cuentos (1979)
— La vida exagerada de Martín Romaña (novela, 1981)
— El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (novela, 1985)
— Magdalena y otros cuentos (1986)
— Crónicas personales (1987)
— La última mudanza de Felipe Carrillo (novela, 1988)
— Dos señoras conversan (1990)
— Permiso para vivir —Antimemorias— (1993)
— No me esperen en abril (novela, 1995)
— Cuentos completos (1995)
— Reo de nocturnidad (novela, 1997) — Premio Nacional de Narrativa de España, 1998
— La amigdalitis de Tarzán (novela, 1999)
— Guía triste de París (cuentos, 1999)
— El huerto de mi amada (novela, 2002) — Premio Planeta
— Dándole pena a la tristeza (novela, 2012)
Autor: teleSUR - drb - JDO




